Desde el sonido discordante de una bocina, al olor tentador de una comida favorita, nuestros sentidos nos ayudan a navegar suavemente a través de las actividades del día a día. Cada visión, sonido, sabor, olor y toque se deriva de un frenesí de actividad entre las células cerebrales.
Es sorprendentemente cierto —aunque nos parezca demasiado obvio— cómo dependemos estrictamente de los sentidos, y por consiguiente de los órganos de los sentidos para poder percibir lo que ocurre a nuestro alrededor. Lucrecio, en el siglo I antes de Cristo, describía de esta manera las variedades de percepciones que los sentidos recogen en su gran poema filosófico De la naturaleza de las cosas:
Si un hombre cree que no sabe nada, tampoco eso puede saber, pues confiesa que no sabe nada. Omitiré, pues, disputar este caso con ése que de este modo puso su cabeza en sus pies. Y sin embargo, aunque yo conceda que al menos sabe esto, preguntaré: si antes nada vio verdadero en las cosas ¿de dónde sabe qué es el saber y el no saber, a su turno; qué cosa creó el conocimiento de lo verdadero y lo falso, y qué cosa probó que difiere entre lo cierto y lo dudoso? Encontrarás que de los sentidos fue primero creada la noción de lo verdadero y no se pueden refutar los sentidos. Pues de mayor certeza debe considerarse lo que espontáneamente puede vencer con lo verdadero a lo falso. Y entonces, ¿qué puede juzgarse de mayor certeza que los sentidos? ¿Podrá la razón nacida de falso sentido contradecirlos, la que nació toda entera de los sentidos? Si éstos no son verdaderos, también la razón se hace falsa. ¿O podrán las orejas reprender a los ojos, o el tacto a las orejas? ¿O a este tacto argüirá el gusto de la boca, o refutarán a las narices los ojos? No es así, opino; pues cada uno tiene su potestad aparte, cada uno su fuerza. Y por eso debemos percibir lo que es blando y frío o caliente por una facultad distinta, por otra percibir los diferentes colores de las cosas y así ver todo cuando esté conexo con los colores. Tiene, aparte, fuerza el sabor de la boca; los olores nacen aparte, aparte el sonido. Y así es necesario que los sentidos no puedan convencerse unos a otros. Ni podrán, además, reprenderse ellos mismos, pues deberá siempre tenérseles igual fe. Por eso, lo que a cada sentido pareció en cualquier tiempo, es verdadero.
¿Qué sino percepciones a través de los sentidos reflejan estas sensaciones maravillosamente descritas por Alejo Carpentier en La consagración de la primavera?:
Me detenía atónito, ante un viejo palacio colonial que me hablaba por todas sus piedras, ante la gracia de una cristalería polícroma que me arrojaba sus colores a la cara, ante la salerosa inventiva de una reja un tanto andaluza en cuyos enrevesamientos descubría yo algo como los caracteres de un alfabeto desconocido, portador de arcanos mensajes. Una repentina emoción me suspendía el resuello al sentir la llamada de una fruta, la musgosa humedad de un patio, la salobre identidad de una brisa, la ambigua fragancia del azúcar prieta. El aliento de los anafes abanicados con una penca, la leña de los fogones, el estupendo sahumerio gris del café en tostadero, el sudor de la caña en molino de guarapo, el potente aroma de los grandes almacenes de tabaco, próximos a la Estación Terminal; el vetiver, la albahaca, la yerbabuena, el "agua de Florida" de la mulata puesta en olor de santería —ya que no de santidad—, el nardo ofrecido en los altos portales del Palacio de Aldama, las repentinas presencias del ajo, la naranja agria y el sofrito en vuelta de una esquina, y hasta el acre hedor de marisco y petróleo, brea y escaramujos, en los muelles de Regla, me conmovían indeciblemente...
Todas estas sensaciones, acumulaciones de estímulos que nos llegan de todo
lo que nos rodea y son capaces de suscitar en nosotros emociones, recuerdos,
tristezas, alegrías, angustias y placeres, todas llegan a nosotros, a nuestro
cerebro, a través de los sentidos. El filósofo y científico inglés John Locke
escribió en el siglo XVII
, en su Ensayo sobre el entendimiento
humano, lo siguiente:Si los objetos externos no están unidos a nuestras mentes cuando producen ideas en ellas; y sin embargo percibimos estas cualidades originales cuando caen cada una bajo nuestros sentidos, es evidente que algún movimiento debe ser continuado por nuestros nervios, o espíritus animados por algunas partes de nuestros cuerpos, hacia los cerebros o el asiento de la sensación, para producir allí en nuestras mentes las ideas particulares que tenemos de ellas.
Y puesto que la extensión, figura, número y movimiento de los cuerpos de un tamaño observable pueden ser percibidas a distancia por la vista, es evidente que ciertos corpúsculos imperceptibles deben salir de ellos hasta los ojos y ahí enviar al cerebro algún movimiento; y esto produce las ideas que tenemos de ellos en nosotros.

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